
Como ya
augurábamos algunos porque era de libro habida cuenta del nivel-Maribel de los directivos del fútbol español, ya han hecho las maletas
Gay en el Zaragoza y nuestro buen
Lillo en el Almería
(veremos hoy a Michel, un sospechoso habitual en Getafe), despidiéndose el vasco tras dirigir un equipo de colegiales, haciéndole un flaco servicio a su trayectoria, en un enfrentamiento en que sus pupilos trataron al Barça como invitado de honor con tarta y todo. Salieron los de la Condal del choque sin un rasguño
(apenas 10 faltas recibieron) y con la faltriquera repleta para alegría de su estadística. Dejé de ver el partido a los veinte minutos, hastiado de tan empalagosa dulzura. Pende de un hilo así mismo la testa de
Camacho en Osasuna, y eso que su equipo sobrevive, en cuanto a resultados, de los despojos del Madrid
(es el que recibe, una semana después, a los héroes que lo dieron todo contra el Real, partido tras partido), a los que acoge cansados de tanto esfuerzo...
Valencia y Villareal protagonizaron un encuentro furioso, en el que
Emery le ganó la guerra táctica a
Garrido aunque la cosa acabara en tablas. Buena partida de ajedrez, a la que la ceguera de
López a la hora de leer el encuentro
(insistía hasta la desesperación en sacar jugadas desde su portería bolas imposibles) añadía dosis extra de suspense. Pese a jugar con fuego, demostraron los castellonenses valor y criterio frente al rigor táctico de los valencianos. Buen partido, de los de relamerse.
Sobrevivió con eficacia el Madrid a las intermitencias de
Pepe, cal y arena, y a cierta condescendencia general que pudo costarle cara si los de Bilbao, que afrontaron el choque sin complejos, no hubieran resultado ser hermanitas de los pobres, como demuestran con insistencia recibiendo goleadas en cada salida, semana sí, semana no. El pobre
Caparrós lo sabe, y su defensa se empeña en demostrarlo cada catorce días con elegante permeabilidad pese a las faltas de
Orbaiz y el despliegue físico de
Martínez. Fruto de la mencionada condescendencia fue la anécdota del partido, que concluyó felizmente con el primer tanto marcado en juego para el Madrid por un jugador nativo al tirar
Ramos, ante el desconcierto general que incluía a
Mou, el primer penalty de los dos sancionados. Marcó, por suerte para todos, y la cosa quedó en anécdota cuando pudo haber sangre. El encuentro demostró también los dientes de un Real a la contra, ante lo que imagino a
Guardiola tomando notas porque esto es lo que se encontrará el 29.
Del resto de la jornada, me quedo con el excelente trabajo del Mallorca de
Laudrup ante los equipos "superiores", corroborado ayer al mojarle la oreja esta vez al Sevilla. Dudó
Manzano al reaccionar ante la pobreza de su zona creativa y, cuando lo hizo, fue para colocar a
Romaric pegado a la cal por la derecha, en una decisión tan incomprensible como tardía. Machacó así al pobre
Kanouté, al que una ayudita en la medular le hubiera venido de cine, y no resolvió los problemas de circulación de que adolecía el Sevilla con la paupérrima aportación de un tal
Cigarini. Espléndidos, por los baleares,
Webó y
De Guzmán, al igual que
Castro mientras le quedó aliento. Por otra parte, el Málaga de
Pellegrini invirtió la tendencia: ahora perderá fuera lo que gane en casa. ¿Me precipito?
Antes del clásico del lunes 29, ya es de
siete puntos la distancia entre los dos gallitos y el resto. Si la cosa sigue así, que seguirá, las dos Ligas serán de nuevo el principal enemigo del fútbol español esta temporada.