
El planteamiento táctico inicial de Guardiola, por otra parte, respondía a una previsión de juego del contrario que resultó inexistente, ya que enfrente se encontró del alfa al omega con un Inter roñoso y cicatero que dispuso un 1/5/4 que ya lo era antes de la expulsión (arriba, Milito ni contaba). Un equipo que entregó el campo a la numantina defensa de su área, romo, con Sneijder muy por debajo de sus habituales performances y un Chivu que ni para frenar a Alves servía, aunque recuperó alguna valía más en el centro tras la expulsión de Motta.
Y eso que hay que decir que a Platini le faltó sólo bajar al campo a tirar las faltas. ¡Vaya arbitraje! ¡Qué doble vara de medir! La entrada por detrás de Messi sin posibilidad alguna de jugar el balón, a la pierna y contra la valla (será que lesionar a Maicon antes del Mundial es una prueba de su amistad hacia Dani Alves) fue merecedora de tarjeta, sin duda alguna. Pero este chico bajito tiene bula, sobre todo para algunos árbitros de encargo. Luego, ciertamente Motta pone la mano atrás, en la cara de Busquets, aunque sin golpearle. Lo demás lo aportó el árbitro, al que le faltó tiempo para dejar al Inter con diez o pitar gol tras flagrante fuera de juego de Piqué. Si vienen mal dadas, siente un belga a su mesa.
Se acabó lo que se daba, decíamos, para bien del fútbol sin la exagerada presencia de tantos agentes externos que habían convertido el partido en una demostración del todo vale. De los aspersores, mejor no hablar. Una lección de elegancia y un certificado de que al seny, de la mano del trepa Laporta, ni está ni se le espera.