Escribí aquí, no ha mucho, que este Granada le puede dar un susto a cualquiera. Que se lo pregunten a Bielsa. También que el Barça flojeaba fuera de casa. Nueve de dieciocho puntos posibles llevan los azulgranas en sus salidas, lo que en esta Liga del cuentagotas es casi asombroso. Encontró la derrota. Ahora, a esperar que ese tonto ilustrado que va a gobernarnos acabe con el villarato (algunos ya han puesto a remojar sus barbas, a lo que se ve) y tendremos otra vez quejas donde antes había solo verdades universales y admiración sin límites. Es la hora del cambio de tercio, dijeron con sus agudos los clarines de siempre. Bueno. Pues permitidme decir hoy que todo es relativo. Ya veremos, dijo un ciego. Los que lanzan las campanas al vuelo mejor harían en aguantar las ganas un rato, pese a que, al parecer, hasta ahora les den la razón los hechos.
No me gusta Manzano. No me han gustado nunca los que tiran la piedra y esconden la mano (y perdón por el ripio). Tras convertir un partido en licencia para lesionar, va y se queja de los árbitros. Cualquiera ha visto que deberían haber terminado con siete. De este modo, él hubiera tenido aún más razones para la triste queja del cazador cazado. Y a seguir cobrando. El Madrid, hasta anestesiado y dolorido juega hoy bastante más que el Atlético. Los colchoneros, que mimbres tienen para un buen cesto, se pierden en los intrincados vericuetos de un entrenador especialista en hacer complicado lo más sencillo, torpe de solemnidad desde su sabiduría presunta. La gente que solo exalta el ardor guerrero en los partidos que salvan la temporada, los que calientan al vestuario hasta el incendio según sus mezquinos intereses privados, no son otra cosa que ventajistas sin conciencia, capaces de cualquier cosa para salvar sus lentejas. No hay ni rastro de nobleza en Manzano. Faltó ese día a clase y ahora confunde los recursos con la caza mayor.
Haría bien Del Bosque en tomar nota de lo que le está pasando al Barça. Guardiola también, aunque eso caiga de su propio peso. El juego de control, pase y pared, tiende por definición a la inoperancia si no se pone, cada vez y siempre, al servicio del gol. La superioridad de líneas no vale para nada en sí misma. Entonces es apenas un adorno. No un valor. Solo vale conseguirla si es para hacer daño. Si no, por mucho que nuestro referente Arnau desee ignorarlo, se convierte en vacuo homenaje al toma-tú y en un monumento a la precisión en el pase, pero no trasciende. Aunque entiendo que a muchos les guste el ornato, este juego llamado fútbol se basa en encontrar y explotar fórmulas para vencer al contrario hiriendo su portería, no en una perpetua demostración del nivel de precisión en el pase o el regate. El Barcelona, ante su público, así lo practica. Igual que la Selección en los partidos oficiales. Pero, cuando demuestras que puedes olvidarlo (en amistosos o jugando fuera de casa, según el caso), estás enseñando tus vergüenzas y animando a los contrarios a explotarlas. Mal camino que uno se debe permitir solo después del cuarto gol.
El Madrid a la final de Copa a pesar de todo
Hace 1 día